La obsesión de Almagro
Editorial
El partido Frente Amplio, la izquierda gobernante en Uruguay, expulsó a
Luis Almagro, actual secretario general de la OEA, por decir cosas que ahora
niega y que, desde su posición, jamás debió siquiera mencionar: la intervención
militar como vía para sacar del poder en Venezuela a Nicolás Maduro.
Además, el Partido Nacional, opositor, planteó no votar por Almagro para
un nuevo período en la OEA, por los cambios que tuvo entre su período como
canciller uruguayo y su gestión en el organismo hemisférico.
“Estos tipos que actúan de una forma, pero después, cuando se sientan en
un sillón internacional, actúan de otra, en complacencia con los centros de
poder, no son confiables”, dijo el senador Jorge Larrañaga, en una infrecuente
sintonía con el Gobierno,
Y, la verdad, Almagro cambió drásticamente. De ser un personaje
reconocido en el mundo entero como representante de la izquierda uruguaya, como
canciller centrado de su país, pasó a la OEA y, de un momento a otro, cazó una
dura pelea irreconciliable con Nicolás Maduro, por razón desconocida, pero en
torno de la cual se tejen múltiples especulaciones…
El secretario general de la OEA jamás puede pronunciarse más allá de la
vía política para solucionar los problemas, internos o externos, de los países
del área, y menos, aceptar la posibilidad de una intervención militar. Eso
contradice absoluta y radicalmente los principios que dieron origen y defiende
el organismo regional.
Almagro habló en Cúcuta, en respuesta a una pregunta de una reportera de
La Opinión, pero después, cuando hubo
reacción general, negó que hubiera dicho lo que le atribuyó la prensa presente
en el acto en el puente Simón Bolívar. Ante las evidencias, optó por argumentar
que fue mal interpretado.
Y dijo que “a partir de ahí, algunas interpretaciones maniqueístas
buscaron cambiar el eje de la discusión. Que hablamos de violencia, que éramos
favorables a la intervención armada y no es cierto”.
Pero, al parecer, no pudo recuperar la confianza de su partido y,
obviamente, de su gobierno. “Es inequívoca la incompatibilidad absoluta de esa
postura con los principios que sustenta el Frente Amplio en materia de derecho
internacional y defensa del principio de no intervención”, señala el documento
de expulsión.
Ahora, sin ese apoyo, difícilmente podrá aspirar a hacerse reelegir
dentro de año y medio, cuando termina su período. Si es que antes no se retira.
Alguien como él, difícilmente puede conducir los destinos políticos del
Hemisferio, cuando en su propio país lo repudian.
Y todo por su obsesión. En sus actuaciones en la OEA, Almagro más parece
agitador del ala guerrerista del organismo, que su ponderado, centrado,
moderado y neutral secretario general. De todos los embajadores americanos, es
el menos indicado para hacer pronunciamientos como el que hizo en Cúcuta. Es,
en cierta manera, como si un obispo católico, en vez de estimular la virtud,
estimulara el pecado, solo porque se peleó con un cardenal.
Con sus declaraciones, Almagro asumió el papel de vocero de gobiernos
como el de Estados Unidos, que en reiteradas oportunidades ha reafirmado su
interés en que Maduro y la revolución bolivariana y socialista pasen a la
historia por razón de acciones militares. Al fin y al cabo, es una costumbre
política de Washington.
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