Estados Unidos: Hegemonía y declinación
Estados Unidos sigue siendo hasta el momento,
sin dudas, la principal potencia mundial. No obstante, sus credenciales de
dominio y hegemonía, y su efectividad para ejercerlos, se debilitan
visiblemente. El concepto más aceptado de ‘poder’ es la capacidad de lograr que
otros hagan o se comporten según el deseo del que ejercer el poder, bien
mediante su hegemonía o la cooptación, bien imponiendo su dominio por la
fuerza. Desde hace unos cuarenta años el debate y la preocupación al respecto
existen en los propios EEUU
Fernando M. García Bielsa
Analista político cubano
El orden internacional que surgió después del fin de la II Guerra
Mundial y que se mantuvo en lo esencial después de la desaparición de la URSS,
fue levantado sobre la posición privilegiada con que los Estados Unidos
emergieron de aquel conflicto. El país intacto; la economía fortalecida en su
condición de suministradora de retaguardia, con sus arcas plenas de recursos
financieros en exceso y como gran acreedora de los principales países europeos.
En virtud de ello y de su predominio en el comercio y las finanzas,
Estados Unidos se posicionó con ventajas especiales en ese nuevo orden
internacional. Con el dólar como la reserva monetaria mundial, y todas las
demás monedas ajustadas a él, EEUU pronto percibió que era capaz de mantener
constantes déficits internacionales de pagos y —a diferencia de todas las demás
naciones— no tener que reestructurar su economía o reducir los niveles de vida
para resolver el problema.
Contaba entonces con el 70% de las reservas de oro del mundo y sus
manufacturas alcanzaron una capacidad total equivalente a la del conjunto del
resto de los países. Era un período donde las corporaciones llevaban a cabo
grandes inversiones en el país y el exterior, y se producían incrementos en el
ingreso real de una amplia mayoría de los norteamericanos. Las recesiones de
postguerra tendieron a ser menos agudas y de más corta duración.
Se produjo entonces y durante unos dos decenios, un período de
extraordinario crecimiento, cuando el poder y la riqueza del país parecían
indisputables y que condujo a un aumento de los estándares de vida
prácticamente de toda la sociedad. Fueron “años dorados” de una prosperidad sin
paralelo.
Pero en los años ‘70s del pasado siglo todo eso comenzó a cambiar. Se
manifestaron claros signos de declinación en varios ámbitos, más definidos en
la esfera económica: el ritmo del crecimiento económico se redujo a casi la
mitad en comparación con los años ‘60s, y con especial fuerza en la esfera
decisiva de la producción material: la industria. Asimismo en lo adelante hubo
una notable caída de las tasas de acumulación y de ganancias, devaluación del
dólar, reducción de la gravitación de EEUU en el Producto global, declinación
de las inversiones productivas, disminución de los ritmos de aumento de la
productividad, conversión de nación acreedora en nación deudora y de un
excesivo endeudamiento público, deterioro de las infraestructuras, etc., así
como inicio de los déficit comerciales.
Aunque en la actualidad la declinación estadounidense es asociada al
avance de China y los países emergentes, es un proceso que tiene raíces
domésticas, en deformaciones y deterioro del capitalismo en ese país, así como
son reflejo de que EEUU y el sistema capitalista en su conjunto se encuentran
en una grave crisis. No se trata de una crisis cíclica sino de una crisis
estructural.
Ha sido un proceso que empezó a hacerse visible a principios de los años
1970 y se proyecta hasta el presente. El medidor clave para analizar el futuro
de una economía es el crecimiento de la productividad, y en EEUU, la caída de
tal crecimiento es la más grave de los últimos treinta años: en 2015 solo
creció un 0,3% y en el 2016 un 0,2 por ciento. En la posguerra la productividad
crecía a un ritmo del 3% anual, pero entre los años 70s y los 90s cayó a la
mitad y ahora se licuó. También tiene impacto estructural el desplazamiento de
las fuerzas del trabajo por la automatización, el avance de la computación y
las tecnologías de la información que ahora impacta, además, a las capas medias
y los sectores de servicios.
En ese contexto cobró mayor fuerza, y se ha mantenido de forma
sostenida, una política dirigida a dinamizar la economía y compensar la caída
general de la liquidez del consumo con sustanciales incrementos de gastos
gubernamentales en la esfera militar y, en mucha menor medida, pagos de
asistencia social y otros beneficios.
Con el fin de la guerra en Vietnam en el 1975, las industrias militares
estaban contrayéndose en aquella década, y con probabilidades de contraerse
mucho más. Los políticos, como es usual, estaban reacios a reducir los gastos
de ‘defensa’ que benefician empresas en sus distritos en todo el
país. El resultado fue la consolidación de un poderoso bloque
interesado en la proyección del imperio desde posiciones de fuerza y la
expansión de nuevos y recurrentes ciclos de gastos en la esfera militar, que
retroalimentan la descomunal influencia adquirida por el Complejo Militar
Industrial (pero que ha tenido muy graves consecuencias económico-sociales y
fiscales a largo plazo).
La hegemonía estadounidense en entredicho
Con la derrota en Vietnam, la Revolución Islámica en Irán, la crisis
energética de los años ‘70s y el fin de los años dorados de las dos décadas
posteriores a la post guerra se desató un sustantivo debate en cuanto a la
realidad y perspectiva de la declinación imperial estadounidense.
En lo que al tema que tratamos concierne, la decadencia o declinación es
un proceso en el tiempo, generalmente paulatino, una especie de progresivo
deterioro y debilitamiento; es cuando se produce un empeoramiento o menoscabo
de ciertas características, a veces sin un claro punto de partida, pero que se
va haciendo evidente. Como lo demuestra lo acaecido con las viejas potencias
imperiales su ocaso no inhibe, sino que, por el contrario, puede ir acompañado
de zarpazos y demostraciones de fuerza. La experiencia histórica enseña que
precisamente en períodos de crisis hegemónica el capitalismo ha recurrido a
políticas militaristas y expansionistas.
Ello es bien peligroso en la actualidad con un Estados Unidos
relativamente debilitado en poder real, pero muy fuerte en armamentos, que
desde su creación utilizó la fuerza militar como instrumento de dominación y lo
sigue haciendo; que no ha perdido por completo sus ventajas imperiales y que
muestra mucha frustración y rabia no contenida ante un mundo que no evoluciona
acorde a sus pretensiones y donde - pese a todo su poder – pierde visiblemente
la capacidad de imponer sus reglas de juego. Sigue siendo la mayor potencia,
tiene la capacidad de destruir, pero ya prácticamente imposibilitada para
controlar la situación. La retórica imperante apenas disfraza la inefectividad
de su pretensión hegemónica, mientras que el cambiante discurrir de las
posiciones del país debilita aún más su influencia.
No obstante, a finales del pasado siglo ese país seguía siendo –y sigue
siendo hoy- el Estado con mayor influencia en el sistema internacional, centro
de referencia obligado de los movimientos de capitales, las inversiones, y la
dinámica de mercados globales, el de mayor poder para marcar la agenda global y
en muchas regiones, e imponerla –ahora algo precariamente- sobre sus aliados y
enemigos, no solo por su poderío militar o financiero, el alcance de sus
transnacionales, sus logros en investigación y el desarrollo de nuevas
tecnologías, sino también por sus medios de difusión y la influencia de sus
símbolos y “valores”. En algunos aspectos, incluso, esa capacidad de imponer su
voluntad se ha visto reducida, pero en otros puede haber aumentado.
Por otra parte, se ha venido produciendo una activa penetración de las
mercancías y capitales extranjeros en el mercado norteamericano, y una reducción
del peso específico del país en los indicadores macroeconómicos globales. Al
abastecerse masivamente en el extranjero de lo que ya no produce en su propio
suelo, inevitablemente EEUU debe asumir un desequilibrio crónico de su balanza
comercial. Según algunos especialistas, ello sería muestra que la expansión de
las corporaciones transnacionales han tenido lugar en cierta medida a expensas
de los intereses nacionales.
Es un asunto complejo y sujeto a debates, sobre todo en cuanto a la
naturaleza e impacto que sobre EEUU y sus balances (comerciales y otros),
tienen las transnacionales y su expansión e ingresos obtenidos en el exterior.
Es indudable que el déficit comercial ha devenido estructural y es improbable
pueda ser reducido con las actuales políticas amoldadas a tales corporaciones
que son parte del sistema de poder en el país.
Algunos analistas cuestionan que los déficits comerciales sean el
resultado de una suerte de desventaja o declinación del país o que este sea
crecientemente dependiente de la voluntad de otros países para financiar sus
déficits. Se señala que ello obscurece la apreciación de lo que, por
el contrario, son fundamentos de la resistencia y capacidad de adaptación del
poder de EEUU, que se basa precisamente en el sector corporativo privado,
“crecientemente internacionalizado pero con un fuerte apego al mantenimiento de
la dominación estadounidense”.
Por otro lado, se evidencia un aumento de la vulnerabilidad de Estados
Unidos a consecuencia de los trastornos globales y de dificultades
estructurales en la esfera financiero-monetaria y de materias primas. Ello sin
contar con la vulnerabilidad energética, las primeras disminuciones del salario
real desde la post guerra, y un marcado aumento de las desigualdades.
Durante más de tres decenios, a partir del gobierno de Reagan a
principio de los años ‘80, ha habido un sostenido empeño para revertir la
declinación del poder estadounidense. Con la posterior desintegración de la
Unión Soviética surgieron declaraciones triunfalistas acerca de la
unipolaridad, el fin de la historia y la proyección de un nuevo siglo en el
cual los EEUU serían “el único superpoder”.
El politólogo argentino Claudio Katz señala que Estados Unidos fue un
nítido ganador del primer período de la mundialización neoliberal y cumplió un
papel económico clave en el despegue de ese proceso, pero esta nueva etapa del
capitalismo no revirtió la pérdida de supremacía norteamericana… Estados Unidos
conserva los principales bancos y empresas transnacionales y encabeza, además,
la introducción de nuevas tecnologías, pero ha resignado posiciones claves en
la producción y el comercio. Su impulso de la mundialización neoliberal terminó
favoreciendo a China, que se convirtió en un inesperado competidor global.
Trump intenta modificar ese resultado atemorizando a sus contrincantes.
Durante muchos años el debilitamiento de la posición económica del país
permaneció oculto debido a la continuidad de las políticas de la guerra fría,
que proporcionaban una causa unificadora para la nación y también un importante
impulso para su economía, tal como lo hizo durante algún tiempo, pero de manera
más precaria, la llamada ‘guerra contra el terrorismo’ desatada a inicios de
este nuevo milenio.
Después de la engañosa expansión de los años ‘80s, el sector de
bienes raíces y construcción de viviendas se ha visto afectado por la
especulación, el endeudamiento familiar, mientras que la producción de bienes
ha decaído afectada por la competencia externa y el deterioro de los ingresos.
Pese a su tremendo poderío y hegemonía global, su sector financiero es
inestable debido a una excesiva actividad especulativa de la que es eje
central.
Casi todo el dinamismo económico observado durante parte de los ‘90s
–según señala Tony Judt (Its Own Worst Enemy, 2002)- “fue alimentado por
inyecciones de capital provenientes del exterior, por momentos, al ritmo de mil
200 millones de dólares por día, que han sido necesarios para ayudar a cubrir
el déficit comercial del país, que ronda los 450 mil millones al año. Ha sido
ese enorme ingreso de inversiones de capital el que ha mantenido al alza el
precio de las acciones, bajas las tasas de interés y de inflación, y el
crecimiento del consumo doméstico”.
La escasez de liquidez y crédito en países con crisis financieras
permitió a Estados Unidos – vía absorción de capitales ajenos – contar con
liquidez abundante. A su vez, casi todas las más grandes compañías por acciones
tienen algún grado de propiedad por extranjeros. La más reciente pesquisa del
Departamento del Tesoro estimaba que unos seis billones (millones de millones)
de dólares en acciones estadounidenses, o alrededor de una cuarta parte del
valor total de las corporaciones por acciones es propiedad de nacionales
extranjeros.
Solo EEUU puede darse el lujo de dar rienda suelta a una dependencia tan
lacerante respecto a los inversores extranjeros y ello gracias a que su deuda
se expresa en su propia moneda y a que el dólar ha seguido siendo la moneda de
reserva mundial (aunque ha devenido una situación que, por prolongada, erosiona
paulatinamente la confianza en la misma).
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