La alianza de Trump con descuartizadores
James Petras
Sociólogo y politólogo estadounidense, especialista en América Latina
Las últimas semanas, la Casa Blanca ha estrechado sus lazos
con la versión contemporánea de los regímenes más crueles del mundo. El
presidente Trump ha dado por buenas las explicaciones del “príncipe de la
Muerte” de Arabia Saudita, Mohamed bin Salman, quien se ha graduado al pasar de
cortar manos y cabezas en las plazas públicas a descuartizar cuerpos en
consulados en el extranjero, el caso de Jamal Kashoggi.
Por otro lado, la Casa Blanca ha saludado calurosamente el
triunfo electoral del candidato brasileño a la presidencia Jair Bolsonaro,
ardiente defensor de torturadores, dictadores militares, escuadrones de la
muerte y el libre mercado.
El presidente Trump se postra ante Israel y se jacta de esa relación,
mientras su guía espiritual, Benjamín Netanyahu, celebra el Sabbat con el
asesinato y la mutilación de cientos de palestinos desarmados, especialmente
jóvenes.
Estos son los “aliados naturales” de Trump. Todos ellos comparten
valores e intereses, aunque cada uno tiene su método personal para deshacerse
de los cadáveres de sus adversarios y disidentes.
Vamos a proceder a abordar el contexto político y económico general en
el que actúa este trío de monstruos. Analizaremos las ventajas y los beneficios
que llevan al presidente Trump a ignorar e incluso elogiar acciones que violan
los valores y sensibilidades democráticos de Estados Unidos.
Para concluir, examinaremos las consecuencias y los riesgos resultantes
de esta aceptación incondicional del trío de asesinos.
Contexto de la triple alianza de Trump
Los estrechos lazos del presidente Trump con los regímenes más
despreciables del mundo parten de diversos intereses estratégicos. En el caso
de Arabia Saudita, estaríamos hablando de las bases militares, la financiación
de mercenarios y terroristas internacionales, las ventas multimillonarias de
armas, los beneficios petroleros y las alianzas secretas, con Israel, contra
Siria, Irán y Yemen.
Con el fin de conservar los beneficios que proporciona la relación con
la monarquía saudita, la Casa Blanca está más que dispuesta a asumir
ciertos costos sociopolíticos.
Estados Unidos está encantado de vender armamento y proporcionar
asesores a la invasión genocida saudita a Yemen, que ha provocado la muerte de
miles de yemeníes y el hambre de millones.
La alianza de la Casa Blanca contra Yemen proporciona pocas
recompensas económicas o ventajas políticas y tiene un valor propagandístico
negativo, pero, a falta de otros estados clientelistas poderosos en la región,
Washington se contenta con el príncipe Salman, “el descuartizador”.
Estados Unidos prefiere ignorar la financiación saudita a los
terroristas islamistas opuestos a sus aliados en Asia (Filipinas) y Afganistán,
así como de las facciones rivales en Siria y Libia.
Por desgracia, el asesinato de un colaborador simpatizante de EEUU, el
periodista del The Washington Post residente en EEUU, Jamal
Kashoggi, ha obligado al presidente Trump a iniciar un simulacro de
investigación con el fin de distanciarse de la mafia de Riad. Posteriormente
eximió al carnicero Bin Salman inventando una historia sobre “elementos
malvados” a cargo del interrogatorio (léase tortura) que le causó la muerte.
En Brasil, el presidente Trump celebró la victoria electoral de un
neoliberal fascista, Jair Bolsonaro, porque coincide plenamente con sus
prioridades: promete acabar con las regulaciones económicas y los impuestos
corporativos a las multinacionales; es un ardiente defensor de la guerra
económica de Trump contra Venezuela y Cuba; promete armar a los derechistas
escuadrones de la muerte y militarizar a la policía, y garantiza secundar
fielmente las políticas bélicas de EEUU en el extranjero.
No obstante, Bolsonaro no puede respaldar la guerra comercial de Trump,
especialmente con China, receptora de casi el 40% de la agroindustria de
exportación brasileña. Esto es así, principalmente, porque la elite de la
agroindustria es uno de los principales apoyos financieros y en el Congreso de
Bolsonaro.
Israel, por otro lado, es el principal mentor y jefe de operaciones en
Oriente Próximo, además de un aliado militar estratégico.
Bajo el liderato de su primer ministro Benjamín Netanyahu, Israel se ha
apoderado y ha colonizado la mayor parte de Cisjordania y ocupado militarmente
el resto de Palestina; ha encarcelado y torturado a miles de disidentes
políticos; ha cercado y provocado el hambre de un millón de gazatíes, y ha
impuesto condiciones etno-religiosas para conseguir la ciudadanía israelí,
negando los derechos básicos a más del 20% de los residentes árabes del
supuesto “Estado judío”.
Netanyahu ha bombardeado cientos de pueblos, ciudades, aeropuertos y
bases militares en apoyo de los terroristas del ISIS y los mercenarios
occidentales.
Israel interviene en las elecciones estadounidenses, compra los votos
para el Congreso y se ha asegurado de que la Casa Blanca reconozca
Jerusalén como capital del Estado judío. Los sionistas de América del Norte y
del Reino Unido actúan como una quinta columna que garantiza la unánime
cobertura informativa favorable a Israel y a sus políticas de apartheid.
El primer ministro Netanyahu se cerciora con ello del apoyo financiero y
político incondicional de Estados Unidos y de tener a su alcance el armamento
más avanzado.
A cambio, Washington se considera privilegiado por servir como soldado
de a pie en las guerras diseñadas por Israel en Irak, Siria, Libia, Yemen y
Somalia... e Israel colabora con EEUU en la defensa de Arabia Saudita, Egipto y
Jordania.
Netanyahu y sus aliados sionistas en la Casa
Blanca consiguieron echar atrás el Acuerdo nuclear con Irán e imponer a
este país nuevas y más estrictas sanciones económicas.
Pero Israel tiene sus propios planes y es capaz de desafiar la política
de sanciones de Trump con Rusia y su guerra comercial con China, pues está
encantado de vender armamento e innovaciones tecnológicas a Pekín.
Más allá del trío criminal
La alianza del régimen de Trump con Arabia Saudita, Israel y Brasil no
se produce a pesar de sus conductas criminales, sino a
causa de las mismas. Los tres estados tienen un historial comprobado
de complicidad y participación activa en todas las guerras actuales promovidas
por Estados Unidos.
Bolsonaro, Netanyahu y Bin Salman sirven de modelo para otros líderes
nacionales aliados con Washington en su cruzada de dominación mundial.
El problema es que este trío no basta para apuntalar la decisión de
Washington de “fortalecer el imperio”. Como ya hemos señalado, el trío no está
completamente de acuerdo con las guerras comerciales iniciadas por Trump:
Arabia Saudita colabora con Rusia a la hora de fijar los precios del petróleo;
Israel y Brasil hacen tratos con Pekín.
Está claro que Washington necesita otros aliados y clientes.
En Asia, la Casa Blanca se ha fijado otros objetivos para
promover el separatismo étnico en China y anima a los uigures fomentando el
terrorismo islamista y la propaganda lingüística.
Trump apoya asimismo a Taiwán mediante ventas militares y acuerdos
diplomáticos. Washington interviene en Hong Kong apoyando a los políticos
separatistas y la propaganda mediática a favor de la “independencia”.
Washington ha implementado una estrategia de cerco militar y guerra comercial
contra China. La Casa Blanca ha conseguido juntar el apoyo de Japón,
Australia, Nueva Zelanda, Filipinas y Corea del Sur para apuntar a China desde
las bases militares de dichos países.
Sin embargo, por ahora no ha conseguido aliados para su guerra
comercial. Ninguno de los supuestos aliados asiáticos de Trump respalda sus
sanciones económicas.
Esos países son favorables al comercio y las inversiones de China y
dependen de ellas. Aunque todos apoyan “de boquilla” a Washington y le
proporcionan bases militares, difieren en temas tan importantes como la
participación en las maniobras militares frente a las costas chinas y el boicot
a Pekín.
Las iniciativas estadounidenses destinadas a sancionar y someter a Rusia
se contrarrestan con los acuerdos petroleros y gasísticos vigentes entre Rusia,
Alemania y otros países de la UE. Loslacayos tradicionales de Washington,
como Gran Bretaña o Polonia, tienen poco peso político en este asunto.
Pero lo más importante es que la política de sanciones estadounidense ha
provocado una alianza estratégica económica y militar a gran escala y de larga
duración entre Moscú y Pekín.
Además, la alianza de Trump con el “trío de torturadores” ha creado
divisiones internas.
El asesinato saudita de un periodista residente en EEUU ha provocado
boicots comerciales y llamamientos desde el Congreso a favor de tomar
represalias. Asimismo, el candidato fascista de Brasil ha suscitado críticas
liberales ante el encomio de Trump hacia la democracia de escuadrones de la
muerte de Brasilia.
La oposición interna al presidente Trump ha conseguido movilizar a los
medios de comunicación, lo que podría facilitarle una mayoría en el Congreso y
una oposición de masas a esta versión pluto-populista (populista en su
retórica, plutocrática en la práctica) de la construcción del imperio.
Conclusión
El proyecto de construcción imperial de Estados Unidos está cimentado
sobre bravatas, bombas y guerras comerciales. Además, sus principales y más
criminales aliados no son siempre de fiar.
Hasta la fiesta del mercado de valores está a punto de terminar. La
época de sanciones que sirven a sus objetivos está quedando atrás. Las broncas
furibundas en la ONU provocan risas y bochorno.
La economía se enfrenta a nuevas crisis, no solo a causa del aumento de
los tipos de interés. Las bajadas de impuestos son medidas que funcionan una
sola vez: los beneficios se retiran y se embolsan. Cuando el presidente Trump
inicie su retirada se dará cuenta de que no hay aliados permanentes, solo intereses
permanentes.
Al día de hoy, la Casa Blanca está sola y no cuenta con
aliados que compartan y defiendan su imperio unipolar. La humanidad necesita
dejar atrás las políticas de guerras y sanciones.

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