La Batalla por Venezuela
John M. Ackerman*
Solamente una persona totalmente desubicada podría
creer el fantasioso cuento de que la intervención extranjera en Venezuela es
para favorecer la democracia o defender los derechos humanos. La imposición de
Juan Guaidó por parte de Estados Unidos como presidente interino responde
exclusivamente a intereses políticos y económicos.
El reino de Arabia Saudita es una monarquía
hereditaria y confesional que viola de manera constante los derechos humanos de
las mujeres y los periodistas, pero goza del apoyo irrestricto de Washington y
los poderes europeos. Estados Unidos hoy es gobernado por un señor que recibió
3 millones de votos menos que su contrincante en las elecciones de noviembre
del 2016 y viola continuamente los derechos de migrantes, pero nadie aboga por
el desconocimiento de su gobierno por la comunidad internacional.
De acuerdo con la Administración de Información
Energética de Estados Unidos, Venezuela cuenta con 302 mil millones de
barriles, la reserva probada de petróleo más grandes del mundo, más que Arabia
Saudita, Rusia o Irán. En un contexto global cada vez más competitivo y
multilateral, Washington está desesperado por recuperar el control sobre su
patio trasero que había sido amenazado con la llegada de gobiernos progresistas
en esa región.
En Brasil se logró encarcelar a Luiz Inacio Lula da
Silva e imponer al neofascista Jair Bolsonaro. En Ecuador, Lenin Moreno fue
cooptado para traicionar el legado de Rafael Correa. En Argentina se maniobró
para lograr la victoria del ultraneoliberal Mauricio Macri. Y en Venezuela hoy
se recurre a un golpe de Estado blando para sacar a Nicolás Maduro.
Nicolás Maduro recibió seis millones de votos, 67%
de la votación, en las elecciones del 20 de mayo del 2018, aplastando al
segundo lugar, Henri Falcón, por casi 47 puntos porcentuales. Compitieron
cuatro candidatos y participó 46% del padrón electoral. La elección fue
organizada por el Consejo Nacional Electoral que aplicó los estándares
internacionales más avanzados en la materia. Aquella fue la segunda elección
presidencial ganada por Maduro.
En el 2013 también salió victorioso, con 7,5
millones de votos en un proceso muy competido contra Henrique Capriles.
Al autoproclamarse presidente interino, el
parlamentario Guaidó comete el delito de usurpación de funciones. Y al recibir
un apoyo millonario del gobierno de Estados Unidos, supuestamente para
programas humanitarios, también incurriría en el delito de traición a la
patria. Washington también planea entregar a Guaidó el control sobre las
cuentas bancarias de la empresa petrolera estatal CITGO para financiar su golpe
de Estado.
Es como si Bernie Sanders se autoproclamara
presidente de Estados Unidos y recibiera un financiamiento multimillonario de
China para comprar armas y lealtades. ¿O qué tal si el gobierno de Andrés
Manuel López Obrador de repente confiscara los bienes del Banco Santander o de
la petrolera Repsol y los entregara a Pablo Iglesias como apoyo para su lucha
por una democracia verdadera en España?
Ahora bien, el ultimátum de los viejos poderes
coloniales como Inglaterra, España, Francia y Alemania para que se convoque a
la brevedad a nuevas elecciones en Venezuela no tiene lógica dentro de los
sistemas políticos presidenciales que rigen en las Américas. En nuestro
continente, ni el Poder Legislativo ni los partidos opositores están facultados
para desconocer unilateralmente al gobierno en turno o llamar a elecciones
anticipadas.
Este tipo de acción sólo tiene sentido dentro de
los sistemas parlamentarios de Europa, donde es común anticipar elecciones para
salir al paso de las crisis políticas. Así que al querer forzar a Venezuela a
asumir la lógica de un sistema político ajeno, la intervención de Emmanuel
Macron, Ángela Merkel, Pedro Sánchez y Teresa May resulta ser igual de agresiva
y extralegal que la de Donald Trump.
Además, Venezuela ya ha recurrido sistemáticamente
al mecanismo de elecciones anticipadas, al celebrar una Asamblea Nacional
Constituyente en el 2017 y adelantar las elecciones presidenciales del 2018
como resultado de las negociaciones celebradas con la oposición en República
Dominicana.
La digna posición de los gobiernos de México y
Uruguay implica una voz de cordura y de legalidad en la coyuntura actual. La
Doctrina Estrada se desarrolló precisamente con el fin de defender la soberanía
de los pueblos del sur frente a los embates imperialistas del norte, algo hoy
más vigente y necesario que nunca.
Si los mexicanos no hubiéramos derrotado en las
urnas al viejo régimen autoritario el pasado primero de julio del 2018, el
gobierno encabezaría hoy la intervención dictatorial en Venezuela. La Cuarta
Transformación no solamente implica un respiro de aire fresco para la
democracia mexicana sino también empieza a rendir frutos a favor de la libertad
y la independencia de los pueblos del mundo.
*Profesor de Derecho e
investigador, columnista en Revista
Proceso y La Jornada, Director
Editorial del Mexican Law Review
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