Bolton y Rubio siguen con ataques sónicos
Manuel E. Yepe*
Como parte de una intensa y extensa campaña mediática que involucró a un
grupo de funcionarios estadounidenses acreditados como diplomáticos en la
Embajada de su país en La Habana con unos extraños ataques acústicos cuyo
origen y actores no se han podido identificar, Washington decidió reducir
el personal de su representación en Cuba, con una importante
afectación para las relaciones consulares, políticas y turísticas entre los dos
países.
La denuncia de los hechos se caracterizó por no mencionar presuntos
culpables ni pruebas de delitos, ni las fuentes de los comentarios
especulativos asociados a la denuncia que eran siempre anónimos. Esta
peculiaridad sirvió más tarde para justificar el hecho de que los perjudicados
principales no podían abordarse, dado que eran agentes de los servicios
estadounidenses de inteligencia, imposibilitados por las características de sus
funciones, de contribuir a las indagaciones con testimonios relativos a su
trabajo secreto en la Embajada.
Pese a que las autoridades cubanas, desde el inicio, se dieron a la
tarea de esclarecer los hechos y contribuyeron a las labores investigativas
estadounidenses (incluso dando apoyo al trabajo en Cuba de una delegación ad
hoc del FBI que viajó especialmente a la Isla), el gobierno
estadounidense decidió la drástica reducción del personal en su misión en La
Habana que suscitaba desconfianza respecto a la cooperación que ofrecía la
parte cubana.
Ante la evidente imposibilidad de descubrir el origen e
identificar a los culpables del fenómeno, fue ganando discreta fuerza la idea
de que pudo tratarse de una acción maliciosa más contra Cuba de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) de EEUU.
Pero recientemente, coincidiendo con la entrada en el ruedo del ultra
reaccionario y tenebroso diplomático y político John Bolton, nombrado en el
cargo de Asesor Nacional de Seguridad de Trump con la predicción de que
próximamente se convertirá en el poder detrás del trono en la Casa Blanca, la
prensa comenzó a resucitar el tema de los ataques sónicos, incrementándose el
número y la extensión de los trabajos periodísticos sobre el tema.
Fue muy llamativo un reportaje de Jon Lee Anderson en The New
Yorker que sirvió de preludio a la reanudación de la campaña de los
“ataques acústicos”.
Casi simultáneamente, el diario Globe and Mail, de
Ottawa, informó que los diplomáticos canadienses cuyas familias, por decisión
de su gobierno, tuvieron que abandonar la embajada en La Habana por los
supuestos eventos sónicos, estaban protestando públicamente, alegando que
Global Affairs, la cancillería de Canadá, les había dado las espaldas.
Los diplomáticos canadienses se quejaban de que, a diferencia de la
actuación del Departamento de Estado de Estados Unidos, había dicho muy poco
sobre el asunto en público y no parecía estar haciendo de su caso una prioridad
sin la cual les resultaba difícil conseguir atención médica especializada.
"No esperábamos que nos abandonaran, o más precisamente, que nos
sacrificaran, así es cómo nos sentimos ahora", expuso un vocero del grupo
al periódico Globe and Mail. Varios de los afectados
creen que Ottawa ha dicho poco en público porque quiere mantener relaciones
amistosas con Cuba, escribió el diario.
Adam Austen, portavoz de la oficina de la Ministra canadiense Chrystia
Freeland, apenas dijo que "seguiremos haciendo todo lo que podamos para
proporcionar consejo y apoyo a los afectados", provocando criterios de que
“los diplomáticos canadienses afectados por la no identificada enfermedad en
Cuba se sienten abandonados y sienten que el gobierno canadiense encubre algo,
o es indiferente a un problema que a alguien en Washington le interesa
magnificar.
Titulares como el de “diplomáticos canadienses afectados por extrañas
dolencias en Cuba se sienten abandonados” proliferaron en aquellos países donde
la información es influida decisivamente por los consorcios estadounidenses.
Téngase en cuenta que las investigaciones han sido desde el inicio
entorpecidas por circunstancias misteriosas. Primero porque la parte
estadounidense no permitió a peritos acreditados de cualquier nacionalidad
acceso clínico a los afectados, ni a los médicos militares estadounidenses que
pudieron verlos dentro de un espacio de tiempo próximo a la afectación,
aduciendo que los pacientes eran personal que laboraba en tareas de
inteligencia, obligados por ello a respetar estrictas reglas de secretismo por
el perfil de sus tareas.
Sigo pensando que la búsqueda de un autor intelectual de los ataques
entre personas o gobiernos enemigos de EEUU pasa por alto la posibilidad de que
ésta haya recaído en autoridades de la comunidad de inteligencia estadounidense
en la ejecución de ensayos de algún programa clandestino o arma secreta, que
por algún motivo cayó en manos oportunistas como las del Senador Rubio con el
inescrupuloso aportó respaldo de Bolton.
Comentarios
Publicar un comentario